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Análisis | JOKER: bajo el maquillaje

JOKER, la nueva cinta de Todd Phillips ha dado muchísimo de que hablar y aunque es habitual que las críticas no coincidan en sus perspectivas, la disparidad que hemos podido observar desde su estreno es algo notable. Para unos, se trata de una cinta que hace apología de la violencia y que puede servir para justificar políticas de ultraderecha en contra de las minorías. Para otros es un llamado a que el proletariado se levante contra sus opresores y tome el poder. Algunos apuntan a su crudo retrato de las enfermedades mentales y, para otros, es una idealización del mal y un retrato de la hipocresía de la sociedad. Lo cierto es que desde que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia, nadie ha quedado indiferente.

Naturalmente, este texto tiene muchísimos spoilers. Si no deseas conocer detalles de la trama, te sugiero que no sigas la lectura.

Sinopsis

Arthur Fleck es un hombre que busca hacerse un lugar en el mundo de la comedia. Vive con su madre y trabaja como payaso en una agencia que lo mismo emplea a su gente como volanteros que como entretenimiento de fiestas. Padece una serie de síntomas que apuntan a algún trastorno mental: uno de éstos es una risa incontrolable que se presenta, sobre todo, en situaciones inapropiadas. Está bajo tratamiento gracias a un programa gubernamental que, al quedarse sin fondos como efecto de un clima social cada vez más tenso, abandona a Arthur a su suerte. Pero ésta no es sino la última de sus tragedias.

Una noche, mientras viajaba en metro, Arthur es hostigado por tres jóvenes a quienes asesina con una pistola que le había vendido —con engaños— uno de sus colegas. La ciudad, enloquecida por sus crecientes problemas, se divide aún más con la noticia de un payaso asesino. La clase más privilegiada, encabezada por Thomas Wayne, critica al asesino y a todos cuantos lo apoyan tildándolos de ser un desperdicio de la sociedad. Simultáneamente, cientos de personas hartas de la situación, usan máscaras de payaso para organizar manifestaciones callejeras cada vez más violentas. La escalada de violencia, que ocurre en paralelo en lo social y en la vida personal de Arthur, culmina cuando éste adopta la identidad del Joker.

La cuestión de la locura

Durante el relato, es obvio que Arthur padece lo que los psicólogos y psiquiatras identificarían como un trastorno mental en distintos ejes. Presenta afectación en el estado de ánimo en forma de melancolía y depresión, pero también pensamiento delirante y alucinaciones. Sus ideas son erráticas, como se evidencia en el diario que lleva, donde también hay muestras de ira contenida y pensamientos autodestructivos, con breves momentos de lucidez. En uno de éstos, Arthur escribe que los demás, aun sabiendo que él padece un trastorno mental, esperan que actúe como si no lo tuviera. Cuando su tratamiento es suspendido, Arthur se queja ante su terapeuta de que una de sus preocupaciones más profundas es la sensación de “no existir”. Además, la risa involuntaria que se mencionó anteriormente podría ser un indicador de daño en el sistema nervioso a nivel orgánico.

Una vez que deja de tomar sus medicamentos y que comete sus primeros asesinatos, Arthur experimenta euforia y satisfacción al proyectar su necesidad de identificación y pertenencia en los seguidores inesperados que, sin conocerlo, lo adoptan como estandarte.

En este punto, viene a mi mente que una de las inquietudes de Erich Fromm, sociólogo y psicoanalista, era identificar en qué medida una sociedad ‘enferma’ alimentaba la ‘enfermedad’ de un individuo y viceversa. El caso de JOKER, en el que se establece este paralelismo, validaría la suposición de que la forma que adopta la locura en una sociedad dada, tiene que ver con la locura que una sociedad en pleno se ha permitido admitir. La angustia devenida de tal proceso de retroalimentación deriva en la necesidad de ocultar y hacer a un lado a los ‘enfermos’, como una forma social de negación.

El discurso final de Arthur, ya identificado como Joker, toca esas líneas al acusar a la sociedad de hipocresía; pues le parece bien lamentar la muerte de tres hombres privilegiados, pero deleznables y, al mismo tiempo, pasar por encima del sufrimiento de los desposeídos.

La cuestión social

Como si se tratara de una pareja que baila perfectamente, el clima social de Ciudad Gótica durante los eventos de JOKER también va escalando en la locura. Comienza con una huelga del servicio de limpia, que provoca que las calles “desde los barrios pobres hasta los residenciales más lujosos” apesten a basura. No se nos comunican las razones de esa huelga, pero se nos muestra el creciente descontento en la forma de manifestaciones y represión policiaca que, alentada por personajes como Thomas Wayne, busca recobrar el orden de la ciudad, sin que se vean esfuerzos reales por resolver la problemática. Es verdad que la película no se trata de eso, pero salvo por la policía y las arengas de Wayne, da la impresión de que la autoridad se encuentra absolutamente ausente.

Ausente, como el padre de Arthur, de quien no sabemos nada hasta que él husmea en una de las cartas que su madre envía al magnate. En ésta le pide ayuda para ella y para el hijo que engendraron juntos. Confundido por la revelación, Arthur logra confrontar directamente a Wayne, esperando de él la aceptación que antes imaginaba recibir de alguien más. Wayne, sin embargo, aunque parece conocer perfectamente a la madre de Arthur, niega que hayan tenido ningún hijo juntos. Alega que ella estaba loca y lo había inventado todo. Es más, de acuerdo con él Arthur ni siquiera era hijo de ella: lo habían encontrado abandonado y Penny Fleck lo habría adoptado, para luego hacerlo objeto de maltrato y negligencia.

Arthur descubre la evidencia en los archivos de Arkham, pero la cinta nos hace sentir que todo esto podría no ser del todo cierto. Nunca se aclara si Wayne es padre de Arthur o no, pero la posibilidad queda abierta para pensar cualquier alternativa. Después de todo, un poder económico como el de Thomas Wayne, fácilmente podría echar tierra a cualquier desliz de su juventud y fabricar cualquier clase de evidencia. Exactamente como el tratamiento dado a los tres jóvenes que Arthur asesina en el metro: revestidos de santidad por la prensa, convertidos en símbolo del privilegio por los manifestantes, los dos contingentes enfrentados dan una lectura que conviene a sus agendas.

Una cinta que no toma partido

Aunque los críticos de los diversos lados de la discusión atribuirán a Todd Phillips toda clase de discursos, lo cierto es que JOKER no adopta ninguna postura. No justifica la enfermedad mental como motivo para el crimen, pero tampoco santifica a la ley y el orden. No es un manifiesto comunista, llamando a que el proletariado tome el poder ni da a los poderosos el privilegio de la impunidad.

Es el retrato de una sociedad que, como dice Wayne desde su superioridad moral, ha perdido el rumbo. Y lo hace en la vida de un personaje que es víctima y victimario, que lo mismo es vejado por los pobres que por los ricos y, de igual manera, no distingue clases a la hora de asesinar. Ignorado como alguien necesitado de ayuda, pero reconocido como objeto de burla por unos y de idealización por otros, sin que nadie lo conozca realmente.

JOKER es una película brillante, pero también inquietante; cuyo paradójico efecto es el de invisibilizar ante los ojos de quien la ve, precisamente aquello que prefiere ignorar. En términos artísticos a mí me parece una genialidad. A otros, un desatino.

freudchicken

Editor en Tadaima. Especialista en Estudios sobre Japón. Psicoterapia psicoanalítica. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

2 comentarios

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